Santo Domingo de Guzmán

Santo Domingo de Guzmán

 

Santo Domingo de Guzmán

La historia de la Iglesia, hasta nuestros días, es testigo de la aparición de distintas mujeres y varones a quienes se les ha reconocido un carisma particular que pusieron al servicio del Pueblo de Dios. Domingo fue uno de ellos.

¿Qué entendemos por carisma? Es un don, fruto del amor de Dios, que el Espíritu Santo concede a determinadas personas, no para ellas mismas, sino para la edificación de la Iglesia. Supone una inspiración, una novedad no prevista por el ordenamiento vigente. Lleva a la persona a “discernir -con el instinto del Espíritu Santo- las nuevas necesidades y las aspiraciones de la existencia cristiana en un mundo cambiante”.1 Lo que hace la persona es descubrir cuál es el carisma que ha recibido y ser fiel a esa llamada de Dios. Es siempre respuesta a una iniciativa de Dios. Por tanto, nadie es propietario de un carisma.

Para que aparezca un nuevo carisma suelen darse tres condiciones:

1. La primera es la presencia de una necesidad real en la Iglesia y en el mundo. Las personas portadoras de un carisma no se encuentran al margen o prescindentes del tiempo que les toca vivir.

2. La segunda condición es una iniciativa peculiar de Dios que hace que el carisma sea un don, un favor. Esto garantiza que no sea un proyecto meramente humano sino realmente una gracia que Dios concede.

3.La apertura y la acogida por parte de una persona que descubre lo peculiar de su misión. Alguien que profundamente atenta a las necesidades de su tiempo, tiene el oído y el corazón abiertos a las iniciativas de Dios para responder generosamente a aquello que se le pide.

A continuación podemos observar cómo se presentan estos aspectos en la propia persona de Santo Domingo.

1. El momento histórico de santo Domingo.

Domingo vive en plena Edad Media, es decir, a finales del siglo XII y comienzos del XIII. En esta época se producían cuatro movimientos que transformarían a la Europa de su tiempo:

a) Comienza a desmoronarse una sociedad feudal, estamental y rural, con sus correspondientes características, en especial, la fidelidad al señor y el orden jerárquico. Este quiebre se percibe en el comienzo del mercantilismo y la creciente importancia de las ciudades con su práctica de asociaciones y gremios. Junto con ello el incipiente nacimiento de la burguesía (habitante del burgo).

b) Los centros culturales dejan de ser las abadías, dando lugar al nacimiento de las Universidades. Éstas se presentarán, al comienzo, como una de tantas corporaciones pero, dado su carácter especial y colocada en el centro mismo de la ciudad, se convertirán en el eje de la misma y de toda la vida pública. Su alcance que irá más allá de los límites de una ciudad o incluso de las incipientes naciones. Una de las corporaciones más importantes y quizá la principal, era la asociación de maestros y estudiantes, con su reglamento interno, su autonomía y su derecho a intervenir en la vida pública.

c) La Iglesia afrontaba una importante crisis frente al nuevo mundo comunal se estaba organizando al margen y, con frecuencia, en una actitud de hostilidad hacia ella. La Iglesia no contaba con mucha gente preparada para comprender y encauzar debidamente el nuevo tipo de ser humano y de sociedad que se estaba configurando, así como para afrontar los graves problemas que ésto planteaba a la fe cristiana. Esta realidad se veía agravada por el gran déficit en cuanto a la predicación del Evangelio, como medio de formación en la fe. Es bueno recordar que se trataba de un momento en el cual el ministerio de la predicación era exclusivo de los obispos.

d) Favorecidos por esta situación, surgen movimientos que intentan vivir la radicalidad del Evangelio, pero interpretando el mensaje, a veces, desde cierta heterodoxia. Esto los lleva a una situación de conflicto y ruptura con la Iglesia. Domingo, concretamente, se encontrará con el movimiento albigense.

2. La experiencia de vida de santo Domingo.

La historia personal de Domingo y su experiencia de Dios es incomprensible sin ese contacto intenso con la historia de sus contemporáneos. Es al contacto con la humanidad de su tiempo como Domingo ve acrecentarse su experiencia de Dios. Esta experiencia brota especialmente en el contacto con las personas dolientes necesitadas de salvación:

– Contacto en la infancia con un ambiente de reconquista que produce mucho dolor, pobreza y muerte.
– Contacto en Palencia con el hambre y la pobreza.
– Contacto en el norte de Europa con un paganismo agresivo y con una historia de martirio.
– Contacto en Europa con la ignorancia religiosa que esclaviza.
– Contacto con una Iglesia, que en determinados aspectos se encontraba distante del Evangelio de Jesús.

Estas experiencias históricas de Domingo generan en él el ideal de identificarse con Jesús, viviendo su misma compasión. Este es el sentimiento y la virtud más característica de su vida y de su personalidad. Dice su primer y principal biógrafo, Jordán de Sajonia: “Había en él una igualdad de ánimo muy constante, a no ser que se conmoviera por la compasión y la misericordia”.

Compasión no es lástima. Significa “padecer con”, “sentir con”; implica la capacidad personal para ponerse en el lugar del ser humano que goza o que sufre, en el “mundo” del otro. Domingo no se dedicará a condenar al mundo que le tocó vivir –ni aún a los herejes-, sino que sintió compasión del él. Su vida será un gran movimiento de misericordia hacia una humanidad que sufre.

3. El proyecto de santo Domingo.

El 15 de agosto de 1217 Domingo dispersa la incipiente comunidad de compañeros predicadores, formada apenas por dieciséis frailes. Cuando éstos les manifestaron su sorpresa, él contestó: “El trigo amontonado se pudre, esparcido produce mucho fruto”. Todos partieron con la misma consigna: “Vayan a estudiar, predicar y fundar conventos”.2

Estas palabras expresan, de alguna manera, la respuesta que Domingo y sus compañeros van a ofrecer a su tiempo. Ellas configurarán los cuatro pilares sobre los que se apoya el carisma de la familia de Domingo:

a) La vida comunitaria: Domingo propone que los hermanos formen comunidades como “fraternidades” (grupo de hermanos) organizadas internamente con una estructura participativa y democrática, estableciéndolas en los centros urbanos nacientes y no en el campo, como era habitual en la vida monástica. Estas fraternidades se gobiernan por un hermano “prior” (= uno entre pares) elegidos por ellos mismos y para un tiempo determinado, y no bajo un abad perpetuo.

b) La oración comunitaria y personal: Los biógrafos y testigos de su vida dan cuenta que la oración atraviesa toda la vida de Domingo. Es una oración constante. Reza de día mientras va por los caminos, acompañado de sus hermanos o separándose de ellos para su oración personal. Haciendo silencio durante las horas acostumbradas mientras sigue caminando o bien cantando himnos y salmos. En las comunidades los hermanos se deben reunir para celebrar la Eucaristía y rezar juntos la Liturgia de las Horas, adaptándola a una vida que se regirá por otros ritmos y misión.

c) El estudio: Domingo dispone que las primeras fundaciones de su Orden sean en ciudades universitarias. Será habitual que los primeros hermanos ingresen a la escuela de un Maestro en Sagrada Teología con el fin de capacitarse para la predicación del Evangelio. Estos frailes enviados a las universidades no son simples estudiantes sino predicadores activos. La propuesta era la búsqueda y la reflexión allí donde los problemas de la época se presentaban con toda su agudeza; se estudiaba en el ambiente en que se daba el encuentro de las disciplinas religiosas y profanas. Los hermanos no se aíslan tras las paredes del claustro; se preparan para vivir en el propio medio, abierto y agitado, donde confluían las diferentes tendencias y corrientes culturales.

d) La predicación: Es el elemento que aglutina a los otros tres y les da su clave propia. En 1216 santo Domingo fundó una orden de hermanos predicadores cuya finalidad está resumida en las palabras del Papa Honorio III: “Dios te inspiró el piadoso propósito de abrazar la pobreza y profesar la vida regular, para consagrarte a la predicación de la Palabra de Dios, dando a conocer el nombre de nuestro Señor Jesucristo en todo el mundo”. Domingo tuvo una gran intuición en el siglo XIII: percibió que el primer paso para el acceso a la fe y la formación (o reconstrucción) de la comunidad cristiana, es la predicación de la Buena Noticia de Jesús.

4. El hermano Domingo (fray Domingo).

Todos sabemos que es la convivencia cotidiana, con su monotonía y sus rutinarios detalles, con sus lógicos conflictos y competencias, con las pequeñas cargas y los grandes problemas, la que pone a prueba el temple de quienes conviven. Los que vivieron con Domingo atestiguan que “era sabio, discreto, paciente, benigno, muy misericordioso, muy familiar, sobrio y justo (…) Si algún fraile de su orden o de otra, se encontraba tentado o turbado y lo consultaba sobre el particular, les exhortaba muy bien, de tal modo que casi todos se separaban de él muy consolados”3; estaba “siempre alegre en las tribulaciones y paciente en las adversidades.”4

Sus biógrafos nos lo presentan, además, como un hombre de trato cálido y afable, con detalles y delicadezas, atento a la necesidad ajena. Nunca renuncia a la verdad pero sabe decirla a tiempo para conseguir el mayor fruto con el menor sufrimiento ajeno. Es experto en la corrección fraterna, precisamente porque su espíritu es compasivo. Da cabida a la alegría, porque sabe que es un elemento sustancial del creyente. Y, sobre todo, nos lo presentan como un gran consolador. Domingo está especialmente atento a esas situaciones de sus hermanos y hermanas, que ponen en peligro su fe, el ánimo, la esperanza, la vocación y sabe hacerles sentir su presencia que alienta y apoya, con el silencio y con la palabra.

Jordán de Sajonia, su sucesor en el gobierno de la Orden y el primero de sus biógrafos lo retrató así: “Había en él una igualdad de ánimo muy constante, a no ser que se conmoviera por la compasión y la misericordia. Y como el corazón alegre alegra el semblante, el sereno equilibrio del hombre interior aparecía hacia fuera en la manifestación de su bondad y en la placidez de su rostro (…) Por todo esto, se atraía con facilidad de cariño de todos; apenas lo veían, se introducía sin dificultad en su corazón. Dondequiera que se encontrara, de viaje con los compañeros, en alguna casa con el hospedero y su familia, entre la gente noble, príncipes y prelado, le venían en abundancia palabras edificante y multiplicaba los ejemplos con los que orientaba el ánimo de los oyentes al amor de Cristo. En su hablar y actuar se mostraba siempre como un hombre evangélico. Durante el día, nadie más afable con los frailes o compañeros de viaje; nadie más alegre. Durante la noche, nadie más perseverante en velar en oración.”5


1 M. D. Chenu, “El carisma de Santo Domingo”, Los dominicos, Bogotá 1983, 29.
2 Acta Canonisationis S. Dominici, n. 26; en MOPH XVI, 143-144.
3 Testimonio de fr. Ventura en el proceso de canonización de Santo Domingo, cf. L. Galmés – V. T. Gómez, eds. Santo Domingo de Guzmán. Fuentes para su conocimiento, Madrid 1987, 147.
4 Testimonio de fr. Pablo de Venecia en el proceso de canonización de Santo Domingo, Ibid., 171.
5 Jordán De Sajonia, Orígenes de la Orden de Predicadores 103-105, Ibid., 117-118.